El "tcharmil", los MENAs, y la ultradelincuencia.
¿Por qué los menas tienden tanto a la delincuencia violenta?
Después de hablar de “outliers” en mi anterior post, y explicando mi experiencia personal como marroquí outlier, me he dado cuenta de que mi perfil es muy valioso tanto para la izquierda, como para la derecha.
Tengo el privilegio -y la responsabilidad- de ser un nexo entre las dos culturas, la Española, ya que considero que estoy totalmente integrado en su sociedad (tal vez demasiado para mi propio bien), y la Marroquí, ya que, al fin y al cabo, es donde he crecido puertas adentro.
Hoy voy a hablaros de un fenómeno que todos habéis visto, ya sea por artículos periodísticos, por la televisión, por discursos de partidos políticos, o por experiencia propia, porque veo que hay una gigantesca barrera cultural que provoca una gran incomprensión -rozando la Fascinación mórbida-.
Los MENAs.
¿A qué me refiero con MENA?
El acrónimo clásico significa Menor Extranjero No Acompañado, pero aquí lo amplio: magrebíes (marroquíes o argelinos) de 14 a 30 años, con estética de chándal, Nike falsos, oro de bisutería ostentoso, cortes de pelo agresivos, y una conducta antisocial normalizada. No estudian, no trabajan, no respetan las normas. Habitan en los márgenes urbanos, flotando entre centros de menores, okupaciones y delitos menores, hasta que dan el salto a delitos mayores: robos violentos, agresiones, abuso de sustancias.
No buscan integrarse, ni adaptarse: se agrupan, se refuerzan, se validan entre ellos. La calle les enseña que el respeto se gana por el miedo, no por el mérito. Su idea de autoridad es la del más salvaje. Su relación con la sociedad es parasitaria: sacan todo lo que pueden mientras la desprecian abiertamente.
Podría llamarlos «Segarros», pero ese término es casi cómico. Prefiero dejar claro que hablo de un perfil real, peligroso y reconocible.
Desde ahora, cada vez que lea «MENA» entienda: jóvenes magrebíes encajados en ese molde antisocial, autodestructivo y agresivo, importado de la marginalidad marroquí y ahora enquistado en suelo europeo.
¿De dónde surge esta fenómeno juvenil?
Un MENA se forja mucho antes de pisar suelo europeo.
Desde la izquierda se vende que el MENA se convierte en MENA por la “discriminación que sufren en España”, esto no es cierto.
En Marruecos se les llama mcharmel, y son el producto de años de abandono, violencia doméstica y una cultura callejera cada vez más degenerada. El fenómeno también existe allí: devasta barrios enteros, infesta escuelas y aterroriza a familias marroquíes trabajadoras que también sufren las consecuencias de esta subcultura delincuente.
El germen del tcharmil brotó en 2013, pero se incubaba desde mucho antes: un cóctel de pobreza, televisión basura, rap violento importado, y drogas farmacológicas. La primera explosión fue en Hay Mohammadi y Derb Ghallef (Casablanca), donde chavales comenzaron a posar en Facebook con machetes de carnicero, relojes falsos y billetes doblados. Emulaban a bandas latinas y a los códigos más bajos del hip-hop afroamericano: pura violencia gratuita, disfrazada de estilo callejero, que celebra la fealdad moral y la decadencia como si fueran identidad.
El tcharmil no es solo un estilo. Es una patología social que se exportó desde Marruecos como un virus sin freno.
¿Qué los convirtió en “mcharmlin”?
Son producto de un entorno sin estructura familiar estable, sin apoyo educativo, y con una alta exposición a la violencia, las drogas y la pobreza. Muchos de ellos han sido rechazados desde pequeños, no solo por la sociedad, sino por sus propios familiares. No es que no tengan familia, es que ni su propia sangre los quiere cerca: los consideran una carga, una vergüenza o directamente un peligro. Viven en barrios marginales donde el Estado apenas llega y donde la ley del más fuerte rige la convivencia. Desde niños, se ven obligados a sobrevivir por su cuenta, en un ambiente hostil, sin referentes positivos ni objetivos a largo plazo.
El consumo de sustancias como pegamento, hachís y alcohol es habitual desde la adolescencia. Estas drogas no solo les alteran la conciencia, también anestesian el hambre, el miedo y la frustración. La escuela es abandonada a los pocos años y los lazos familiares son débiles, disfuncionales o inexistentes. Muchos se crían literalmente en la calle, y adquieren ahí sus códigos: agresividad, desconfianza, violencia como método de resolución de conflictos.
En el plano social, un chemkar no tiene acceso a ninguna vía de mejora o prestigio. En Marruecos, donde el matrimonio sigue siendo un pilar central del reconocimiento social, quedar excluido de esa posibilidad supone una humillación constante. Un hombre que no puede casarse, formar una familia ni pagar la dote básica es visto como un fracasado sin valor. No es un candidato viable para una relación estable, mucho menos para formar una familia.
La dote, aunque variable según las regiones y clases sociales, sigue siendo un símbolo de seriedad, compromiso y capacidad de asumir responsabilidades. Un mcharml que vive del robo y las drogas, y que no puede ni costearse una habitación, mucho menos puede pagar una dote. Su imagen pública está marcada por la delincuencia, la drogadicción y la exclusión. Nadie le ofrece respeto, ni dentro ni fuera de su entorno. Esa exclusión matrimonial se convierte en una herida que amplifica aún más su frustración, su resentimiento y su violencia cotidiana. Pero también es cierto que el fenómeno ha mutado: ya no todos los que se autodenominan mcharmlin vienen de la miseria.
Hoy ser mcharml es también una moda. Muchos jóvenes de clase baja, pero no necesariamente marginales, se apropian de la estética y la actitud tcharmil como si fuera un uniforme identitario. Cicatrices falsas, tatuajes improvisados, chándales Lacoste pagados con dinero robado o de TikTok. No sufren el abandono, pero imitan el código porque les da estatus, respeto entre iguales y visibilidad en redes. Lo llevan con orgullo. Porque en su mundo, ser temido importa más que ser respetado.
El evento que lo empezó todo.
Marzo 2014. Tres chavales asaltan una peluquería de Maârif (Casablanca) con machetes. Suben el vídeo a Facebook. Estalla la moda tcharmil.
La prensa acuña el nombre. Los imitadores brotan en todo Marruecos: ser mcharml ahora significa “hombre”, violencia y dinero fácil. Chándal Lacoste (equivale a un alquiler mensual), scooter T-Max, machete, corte de pelo estrafalario y qarqubi —cóctel casero de clonazepam, barbitúricos, hachís, alcohol y cola de zapatero—.
En tiktok lo resumen muy bien.
¿Os recuerda a algo?
Marruecos importó la niggificación de su quintil más bajo: hip-hop, bling, actitud “hood”, misoginia y culto al delito. La música urbana que llega desde Francia o EE. UU. se convirtió en manual: violencia como validación, ropa como estatus, mujeres como objeto, cárcel como ritual de paso. Los referentes de esta subcultura no se forman en universidades ni en familias estructuradas, sino en entornos completamente fracturados: las favelas de Brasil, los barrios negros del sur de Chicago, las banlieues de París o las prisiones de Nueva York. Todo eso se convirtió en modelo de comportamiento para chavales marroquíes sin filtro ni criterio. La estética, el lenguaje y los gestos de esos contextos extremos fueron importados sin reflexión, como si se tratara de una identidad aspiracional.
Raperos como 7liwa, ElGrande Toto, Shayfeen, DJ Youcef & Zoubir no solo glorifican el tcharmil, lo explotan y monetizan. Utilizan los códigos del barrio para legitimar discursos donde la delincuencia y la impunidad se presentan como aspiraciones. Ellos llenan salas; los chavales llenan cárceles o morgues.
El Tcharmil y la masculinidad.
En su lógica, si no eres mcharml, no eres hombre. La hombría —Rojola— se mide en impulsos homicidas, cicatrices faciales y adicción. La brutalidad sustituye a la dignidad, el machete al argumento, la amenaza al respeto. Autolesionarse es trofeo: cuanto más deformado el rostro, más alto el estatus. El cuerpo se convierte en un currículum de dolor infligido y recibido.
El concepto de «Lghorba» – Europa
Cuando no hay futuro en Marruecos, queda el sueño del norte. Lghorba (exilio) suena más fuerte que “trabajo” o “esfuerzo”. Europa se mitifica: dinero fácil, ropa cara, mujeres fáciles, respeto automático. Una fantasía prefabricada que justifica el fracaso antes de haberlo intentado.
La mayoría no busca oportunidades ni progreso: no limpian casas, no recogen fruta ni friegan platos. No trabajan. Se limitan a rondar por los barrios, enganchados al trapicheo, a las ayudas públicas, a pequeños hurtos o al parasitismo directo. Llegan sin intención de aportar nada y con la única ambición de aparentar. La narrativa del esfuerzo se esfuma al cruzar la frontera: solo queda la estética.
Todo lo que venden como “vida en Europa” es una mentira. Fotos delante de coches que no conducen, ropa que no han pagado, poses que no representan nada. Lo suben a Facebook, lo editan en TikTok, y consiguen lo único que buscan: atención. Esa imagen falsa, repetida hasta la saciedad, alimenta nuevas generaciones de chavales que creen que venir a Europa es triunfar por el simple hecho de llegar.
Cruzan como menores no acompañados, se fugan de los centros en cuanto pueden, y en cuestión de días ya están robando móviles, apuñalando en parques o enfrentándose a la policía. Así es como el tcharmil se exporta y se enraíza en España: bajo el nombre de “MENA”.
Han convertido barrios de Barcelona, Madrid o Marsella en zocos de violencia gratuita. No ven Europa como una civilización a la que integrarse, sino como un botín que se saquea.
Lghorba no es integración, ni trabajo, ni progreso. Es una etiqueta vacía que usan para justificar su fracaso real disfrazándolo de éxito ficticio.
Amor‑odio con Europa
Rechazo al sistema, obsesión por su botín
Les atrae el billete europeo y el pasaporte, pero desprecian las normas que los generan. Europa es un cajero que se fuerza, no una casa que se cuida.
Mujer europea: porno como manual
Su primera ventana a Occidente es el porno móvil: rubias sumisas, morenas promiscuas. Concluyen que la mujer europea es un objeto fácil:
Desechable: no exige dote ni boda.
Trofeo: pasearla sube reputación.
Sin consecuencias: si algo falla (terriblemente), cambian de país, no hay arraigo.
Buscan validarse humillando a la “gawriya” (extranjera).
Impacto social directo en España y Europa
Robos exprés a cuchillo en Barcelona, Madrid, Marsella, Bruselas.
Agresiones sexuales grupales que trasladan la fantasía porno-europea a la calle.
Centros de menores saturados: fugas, motines, colchones quemados.
Turismo de miedo: barrios degradados, negocios cerrados, alquileres en caída.
Responsabilidad y culpa
Culpables de sus actos, no víctimas del sistema
Nadie les obliga a delinquir. Cada mcharml elige el cuchillo.
Complicidad cultural: el silencio mata
Padres ausentes, imanes que no se mojan, vecinos que callan, y una diáspora marroquí en España que se escuda en el “racismo” para justificar estas actitudes antisociales. Lo único que consiguen es alimentar la impunidad.
Cultura que glorifica la calle
Raperos y tiktokers exaltan la prisión como prestigio y Europa como botín. Incuban al próximo agresor.
Conclusión
Europa no tiene por qué pagar el precio del fracaso ajeno. Y menos cuando Marruecos se gasta millonadas en palacios para el rey, y armas americanas para su ejército. La seguridad y la ley van antes que cualquier sensibilidad mal entendida. Tolerar al intolerante es la vía rápida al colapso de la sociedad abierta.
Si no respetan, no tienen lugar aquí.








Vale, gracias, buscaré entones correlación entre delincuencia y MENAs y haré hincapié en aquellos cuya nacionalidad es marroquí. ¿Sólo en España o tengo que filtrar por algún dato más?
Hola, me resulta curioso que tu artículo se base en tu experiencia como marroquí integrado en la sociedad española, hablas del problema de los tcharmil en Martuecos y de sus orígenes, hay bastantes artículos en Internet sobre ello, esta información se puede contrastar.
Relacionas dichas bandas con los MENA's, aseguras prácticamente que los unos sin igual a los otros (al menos en los marroquíes), sin embargo no encuentro por ningún sitio nada sobre eso, ¿podías mencionar alguna de tus fuentes?
Gracias